Vida, pasión y muerte de una arepa rellena.

 


Vida, Pasión y Muerte de una Arepa Rellena

Era yo un niño, 
y en mis manos la lonchera traía,
cada mañana, un sol de alegría.
Dentro, un tesoro dorado esperaba:
una arepa rellena con carne mechada.
Su aroma hablaba de días mejores,
de mesas llenas y ricos sabores.

La carne brillaba en su abrazo perfecto,
un lujo que parecía eterno y correcto.
Pero el tiempo, con su cruel latido,
pronto cambió lo que había sido.


Un día llegó el queso de mano,
blanco y suave, un consuelo cercano.
“No hay carne, está muy cara” dijo mamá con calma,
“pero este queso también llena el alma.”
Yo mordí aquel nuevo manjar,
y aunque distinto, era fácil de amar.

El queso, fresco y salado en su esencia,
parecía cubrir con amor la ausencia.
La arepa seguía siendo reina en mi día,
aunque la carne ya no la vestía.


Luego el queso blanco tomó su lugar,
más humilde, pero aún con su sabor familiar.
“No es mucho, pero es lo que alcanza,”
dijo mamá, con una sonrisa que no pierde esperanza.
Y aunque sencillo, el bocado aún llenaba,
pues el amor en la arepa nunca faltaba.


Las caraotas vinieron después,
un sabor humilde, tan nuestro a la vez.
“Es comida de reyes,” decía mamá,
“llena de fuerza, aunque más no habrá.”
Yo las comía con gratitud sincera,
soñando con tiempos de mesa entera.


Luego llegó el perico, brillante y dorado,
un relleno sencillo que fue bien valorado.
“Huevos y cebolla,” decía mamá,
“un manjar humilde que siempre estará.”
Aunque distinto, aún llenaba el alma,
calmando el hambre y manteniendo la calma.


Y al final, los diablitos tomaron el mando,
con su color rojo y un sabor vibrando.
“Es un lujo pequeño,” dijo mamá,
“pero un toque especial nunca está de más.”
Yo mordí la arepa con algo de alegría,
mientras la nostalgia en mi corazón seguía.


Finalmente, solo mantequilla quedó,
un rastro dorado que apenas habló.
La arepa seguía, desnuda en su esencia,
como el reflejo de nuestra paciencia.
Aún era un beso en mi rutina,
aunque se sintiera más austera y mezquina.


Hasta que un día,
ni siquiera mantequilla podía.
La arepa, humilde y tan redonda,
era ahora un eco que solo ronda.
Un fantasma de lo que fue mi mesa,
el reflejo de un país en su tristeza.


Hoy miro atrás,
y veo la historia que el tiempo trazó,
de una arepa que nació llena, y vacía murió.
Un símbolo de lucha, amor y esperanza,
de un pueblo que en la fe siempre avanza.

Porque aunque la arepa llore su pena,
algún día volverá a estar llena.
Llena de carne, queso, o caraotas,
y del alma de un pueblo que nunca derrota.

Alejandro Díaz
Tomado de: "El Universal" Caracas - Venezuela

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