Porqué?

¿Porqué?

La sala de la casa estaba levemente iluminada por luz natural que entraba a través de dos ventanas. Las cortinas claras se movían con la brisa, y a través de ellas se divisaba un jardín poco cuidado, con hojas otoñales esparcidas sobre el césped. El sonido de un automóvil deteniéndose en la calle les indicó a los presentes que la persona que esperaban había llegado.

ALEXIS
—Ya llegó.

SANDRA
—Voy.

La joven, aún en pijamas, con pantuflas rosadas y el cabello desordenado, se dirigió a la puerta. Observó a través de la mirilla y enseguida abrió con una sonrisa para recibir a su padre.

SANDRA
—Hola, qué bueno que llegaste. Te esperábamos más temprano, ¿pasó algo? ¿Dónde está mamá?

JUAN
—Hola, mi amor. Ya viene, está sacando algo del baúl.

SANDRA
—Voy a ayudarla.

EXTERIOR DE LA CASA - DÍA

Sandra se acercó al automóvil, donde su madre, vestida con jeans y una blusa floreada, estaba inclinada sobre el baúl, removiendo algunas bolsas. Al ver a su hija acercarse, la saludó con una sonrisa.

MONICA
—Hola, mi amor, ¿cómo estás? Ayúdame, por favor.

SANDRA
—Hola, mamá. Qué alegría que llegaran bien.

Monica le pasó un par de bolsas de víveres a Sandra. Cerraron el baúl y entraron juntas a la casa. Alrededor de la mesa central de la cocina, comenzaron a vaciar las bolsas, acomodando los víveres en el refrigerador y algunos estantes. Chilly, la chihuahua de la familia, saltaba alegremente alrededor de Monica, quien la alzó para acariciarla mientras intentaba ordenar las cosas en un estante.

ALEXIS
—¿Cómo estuvo su aventura? —preguntó, dirigiéndose a su padre, quien levantó la vista del diario.

JUAN
—Bien. Comparado con el año pasado, fue mejor; todo estuvo a tiempo, disfrutamos de la visita. Si hubiesen venido con nosotros como les pedimos, también lo habrían pasado bien, estoy seguro.

ALEXIS
—Sí, bueno, pero ya sabes, no podía dejar el local sin atender. Y menos mal que no fui, tuvimos que entregar una orden antes de tiempo, una emergencia que significó una buena entrada.

JUAN
—¿Quién? ¿Wax Center?

ALEXIS
—No, un cliente pequeño, Vintex. Tuvimos que terminar 10,000 botellas en dos días. Trabajamos horas extras, pero lo que aceptaron pagar fue mejor de lo normal.

JUAN
—Bien, hijo. Ya no iré por la tienda esta semana, ¿ok? Quiero descansar.

ALEXIS
—Cuando quieras. ¿Quieres algún reporte?

JUAN
—Tranquilo, si necesito algo te avisaré.

ALEXIS
—Ok. Esperaré los huevos revueltos que mamá me hará y me voy; nos vemos en la tarde para el partido.

JUAN
—¿Cuál partido? Estuve desconectado por dos semanas; no sé nada del mundo, lo cual me ha relajado mucho. He estado pensando en nuestras vidas, nuestras acciones y decisiones, y me gustaría hablar de eso con ustedes.

Los tres lo miraron, intercambiando sonrisas y levantando cejas en un gesto de “¿Otra vez?”, pero se dispusieron a desayunar.

JUAN
—¿Les parece que debamos creer en algo?

ALEXIS
—¿A qué vas? ¿Religión? ¿Política? ¿Leyes? Sabes que no creo en nada ni en nadie.

JUAN
—Sí, ya lo sé, pero no sabía por qué decías eso. Ahora empiezo a comprender. ¿Por qué? Digo, ¿desde cuándo dejaste de creer en nada ni nadie? ¿Qué viste o leíste? ¿Cómo llegaste a esa decisión?

ALEXIS
—Desde que recuerdo. Nunca creí en nada, y no sé por qué. Nada me convencía; todo parecía tener un motivo oculto, un fin escondido. Cuando pedía explicaciones, siempre era  “porque lo dijeron”, “porque sí” o “así es”; me decían que no podía hacer lo contrario porque alguien se enojaría. Me acostumbré a esperar que algo terrible sucediera si desobedecía, pero nada pasaba. Esperé a ver al “coco”, a que Dios se decepcionara y me mandara una señal o castigo, a que un rayo cayera por abrir el paraguas dentro de la casa, a que los duendes llegaran a robar medias por dejarlas tiradas, ¡a ver aunque sea un fantasma!, ¡un ovni! Nada. Así, poco a poco, fui dejando de creer.

MONICA
—Hijo, eso lo hacíamos por tradición, para mantener tu inocencia. Queríamos que tuvieras una infancia feliz. ¿No te hizo feliz recibir regalos en Navidad?

ALEXIS
—No recrimino nada. Me hicieron y me hacen muy feliz; no los cambiaría por nada. Gracias a ustedes, estoy en un camino seguro, en una empresa con futuro, y eso sí lo creo.

Monica sollozó levemente y miró a Juan, buscando su aprobación.

MONICA
—Hicimos lo mejor que pudimos, ¿verdad? Éramos tan jóvenes…

ALEXIS
—Mamá, nunca les he reprochado nada. Les agradezco la vida que me dieron; sé que mi hermana también. Los adoramos. Nunca me he quejado de ustedes, simplemente siempre he pensado así. ¿Por qué? No sé. ¿Desde cuándo? Siempre.

Concluyó mirando a Juan.

JUAN
—Te entiendo, hijo, pero, ¿por qué no lo dijiste antes?

ALEXIS
—¿Para qué? ¿Para perder esas navidades felices? ¿Para arruinar sus caras de complicidad cuando encontraba la moneda bajo la almohada? Tal vez no habría recibido la bici que quería si no escribía la carta a Santa.

JUAN
—No entiendo.

ALEXIS
—¿Qué?

Juan miró a Monica, moviendo la cabeza.

JUAN
—¿Cómo supiste? ¿Desde cuándo?

ALEXIS
—Ya te dije, no sé. Siempre supe que todo era un montaje, algunas mentiras bonitas, otras amenazantes, pero al final solo eran ilusiones.

MONICA
—Para mí eres perfecto, hijo.

JUAN
—Sí, junto a tu hermana son la mejor decisión que tomamos.

SANDRA
—Te quiero, Ale.

ALEXIS
—Yo también, mana.

MONICA
—Hijo, ¿cómo supiste lo del mendigo en el mall el otro día? ¿Fue por esta “creencia” tuya?

ALEXIS
—¿Creencia? No creo en nada ni en nadie, por eso me di cuenta. Nadie que necesite ayuda de verdad se comporta como si recitara un guion de memoria, sin sentimiento. Por eso te pedí que lo observaras: ¿te convenció cuando lo viste comprar cigarrillos y subir a un taxi?

MONICA
—Pero parecía tan lamentable…

ALEXIS
—Fue una historia inventada para sacar dinero de la gente, usando el miedo y otros trucos.

JUAN
—Pero ¿no puede haber personas con problemas reales?

ALEXIS
—Papá, ¿cómo has resuelto siempre tus problemas? Enfrentándolos. Así me enseñaste, y así aprendí.

JUAN
—No explica del todo tu manera de ver la vida.

ALEXIS
—¿Manera de ver la vida? La vida viene, papá. Nadie sabe qué pasará al siguiente minuto, pero sabemos que el futuro será nuestro presente algún día. Vivimos en un mundo agobiante de “maneras de vivir”, y esas maneras las han definido otros.

SANDRA
—Ale, ¿cómo puedes pensar así y disfrutar la vida como lo haces?

ALEXIS
—Claro, Sandra, la publicidad vende cosas que terminamos deseando. No niego disfrutar de ciertas cosas, pero sé que la publicidad me manipula. Sé que no necesito esa moto, pero me gusta la experiencia de manejarla. La compré por eso, no porque me creí el anuncio.

SANDRA
—Pero compraste esa marca. Es un hecho.

ALEXIS
—Esa la compré por precio, no por publicidad.

SANDRA
—¿Crees que nos manipulan?

ALEXIS
—Desde que nacemos. Nos enseñan a hacer todo siguiendo un “plan”. Y si no seguimos ese plan, parece que no estamos viviendo.

JUAN
—¿Qué plan? ¿De quién?

ALEXIS
—Papá, tú sabes de las familias que mueven los hilos en el mundo. La gente cree que tiene opciones, pero en realidad sigue un esquema.

SANDRA
—Eso suena a religión.

JUAN
—Entonces… ¿crees que no tiene sentido creer en nada? ¿En absoluto?

Alexis lo miró con una mezcla de ternura y resignación.

ALEXIS
—No es que no haya sentido, papá. Es que creo que el sentido que buscamos afuera, en las marcas, en las creencias, está aquí adentro. —Se llevó una mano al pecho, respirando profundamente antes de continuar—. Podemos vivir y disfrutar de todo lo que el mundo ofrece, claro. Pero, si no somos conscientes de cómo nos manipulan, terminamos entregando nuestra libertad sin darnos cuenta. Nos convertimos en anuncios vivientes de marcas, nos endeudamos para impresionar a otros, compramos cosas para pertenecer, y al final… ¿qué? ¿Acaso eso nos hace más plenos?

SANDRA
—Pero no podemos vivir desconectados de todo. El mundo avanza, y a veces necesitamos cosas para seguir el ritmo.

Alexis sonrió.

ALEXIS
—No digo que rechacemos todo, mana. Claro que podemos adaptarnos al consumo, disfrutar de las nuevas tecnologías y de todo lo que nos facilita la vida. Es cómodo y hasta necesario, lo sé. Pero al menos hagámoslo conscientes de lo que estamos pagando y para quién estamos trabajando en realidad. —Hizo una pausa y miró a su padre—. Porque, al final, cada vez que compramos una marca para que otros nos vean, estamos haciendo publicidad gratuita para esa marca sin recibir nada a cambio. Y ellos solo ganan y ganan más.

Juan asintió, como comprendiendo algo que siempre había estado ahí pero que nunca había visto con claridad.

JUAN
—Tienes razón. Tal vez todo se trata de eso: de vivir sin dejarnos arrastrar por lo que quieren que compremos o creamos. De encontrarle el sentido a las cosas, pero por nuestra cuenta.

MONICA
—Entonces… ¿qué sentido tiene todo esto?

ALEXIS
—No lo sé, mamá. Creo que cada uno debe encontrarlo. Lo importante es que no dejemos que otros decidan por nosotros qué sentido darle a nuestras vidas.

La familia guardó silencio, como si esas palabras fueran una invitación a descubrir algo nuevo. Y en ese momento, comprendieron que, aunque fuera imposible escapar de todos los sistemas de control, aún podían decidir cómo vivir cada presente, con la conciencia de no dejarse llevar por lo que el mundo les decía que debían ser.









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