Memorias de la Tormenta
Memorias de la Tormenta
05.11.2024
Entre la Desesperación, el Honor y la Amnesia Colectiva
Cada desastre natural revela, con brutal claridad, la esencia de lo que somos como especie. Las tragedias despiertan, por un breve momento, la conciencia de los pueblos, pero también despiertan a aquellos que, sin escrúpulos, ven en el caos una oportunidad de lucro. En lugares como Venezuela, Haití o Nueva Orleans, el ciclo se repite: donaciones y fondos destinados a la reconstrucción desaparecen, se pierden en manos de unos pocos que jamás dan explicaciones. Los gritos de auxilio se ahogan bajo un sistema de corrupción tan enraizado que el dolor ajeno es solo un recurso más para explotar.
En contraste, cuando el terremoto y tsunami de 2011 devastaron Fukushima, el mundo fue testigo de otra realidad. Personas encontraban dinero entre los escombros y lo entregaban a las autoridades; hacían largas filas para recibir ayuda, con paciencia y respeto. Japón no es perfecto, pero su historia ha generado una ética colectiva, una memoria de comunidad y responsabilidad mutua que pareciera haberse perdido en otros lugares. Esa "memoria cultural" japonesa les recordó, incluso en el caos, que el desastre no es una oportunidad de enriquecimiento personal, sino un llamado a la solidaridad.
¿Por qué, entonces, en algunos países, como Venezuela, el boicot, que ha sido una herramienta histórica de resistencia, parece olvidado? Quizá porque el boicot y la rebelión civil requieren una memoria activa y una voluntad de recordar. Requieren líderes con una integridad a prueba de traiciones, y eso es justamente lo que falta cuando la misma oposición política parece atrapada en redes de intereses y compromisos oscuros. Promover el boicot implicaría un riesgo: podrían destaparse las propias fallas y "rabos de paja" de quienes deberían liderar, quienes quizás, al final del día, solo juegan dentro de los "términos del contrato" de una oposición controlada, convenida para apaciguar al pueblo sin llegar nunca a un cambio real.
Y es que, para que el pueblo no despierte y no cuestione, los sistemas de poder han aprendido a perfeccionar el olvido. En un mundo saturado de entretenimiento y distracciones, la verdadera rebeldía se convierte en un concepto lejano. ¿Qué ocurre tras una tragedia? Las telecomunicaciones, los medios y las redes sociales son las primeras en recuperarse. Se alienta a las personas a que se comuniquen con sus seres queridos, a que estén informadas. Pero, ¿es esa la motivación real? Los videos y las noticias de la tragedia empiezan a circular, y la gente observa, preocupada, pero también con un dejo de morbo, alimentada por la incesante necesidad de ver y de ser vista. ¿No será que este sistema es la forma más moderna de mantener a las personas ocupadas, de acallar su dolor, su rabia y su sentido de injusticia bajo una capa de contenido que entretiene y anestesia?
La sociedad actual, en vez de recordar y actuar, prefiere consumir. Las tragedias, que en otro tiempo eran catalizadores de rebelión, hoy son solo contenido para ver y compartir. La movilización civil ha sido sustituida por un "me gusta", un "compartir" o un comentario de indignación que jamás se traduce en acción. En los pueblos más remotos, donde antes el boca a boca mantenía viva la historia y la resistencia, ahora hay pantallas que ofrecen entretenimiento, distracción y, sobre todo, olvido.
Quizás este sea el triunfo más sutil del poder: controlar la memoria colectiva a través de la saturación de contenido, hasta que la gente no solo olvide el poder del boicot, sino también la razón de su dolor. Así, cada desastre se convierte en un episodio más de entretenimiento, una tragedia que nos indigna brevemente antes de que volvamos a los videos de moda. Al final, la verdadera tarea no está en conquistar otros planetas o avanzar en tecnología; está en conquistar nuestra propia capacidad de recordar, de sentir el dolor ajeno y de entender que la historia nos ha dado herramientas de resistencia, como el boicot, que no debemos olvidar.
La tragedia, entonces, no es solo el desastre en sí, sino el hecho de que, en algún punto de nuestra historia, hemos dejado de ser humanos ante el dolor de los demás. En lugar de actuar, consumimos; en lugar de resistir, vemos y olvidamos. Recuperar nuestra memoria y nuestra voluntad de actuar es el primer paso hacia una verdadera transformación, una que quizá algún día nos permita recordar quiénes somos y qué hemos sufrido, para finalmente escribir una historia en la que, frente a la tormenta, el honor y la solidaridad sean los protagonistas, y no la amnesia conveniente.
Alejandro Díaz

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