Venezuela Futura

 

Venezuela Futura

En las tierras de la desdicha, donde una vez brotaron sueños de libertad y justicia, el yugo del gobierno ha echado raíces profundas, y la caída, tan deseada por algunos, parece más lejana que nunca. Así hablarán los sabios en los tiempos venideros, diciendo: "Mientras la ignorancia sea la capa que cubra los ojos de los hombres, el poder se mantendrá, inamovible como una montaña de hierro."

Y se cuenta que el poder, astuto y perspicaz, tomó para sí el arte de la distracción y el entretenimiento, haciéndolo el lazo que ancla a la población. "Entretenerse," dicen las voces que observan, "es la distracción de aquellos que, cegados, han dejado de ver la verdad de su condición." Y así, en la tierra del olvido, los hombres y mujeres buscan escape en las pantallas y los juegos, encontrando en cada espectáculo un bálsamo que alivia su dolor, aunque solo sea por un instante.

Los señores del poder, astutos guardianes de su propia supervivencia, cerraron las puertas de los medios y tomaron las riendas de las redes, haciendo que solo se escuche lo que es conveniente, lo que adormece y desvía. "Ellos," susurran los sabios desde las sombras, "solo ven lo que se les permite ver, y en ese control yace la fortaleza del régimen." Así se mantiene un velo que oculta la realidad, mientras las voces de verdad se ahogan bajo el peso de los espectáculos.

Y el pueblo, atrapado en la red de la distracción, encuentra en cada evento deportivo y en cada novela un refugio, un espacio de consuelo que le aparta de sus penas. "La frustración de los hombres necesita una salida," dicen algunos en susurros, "y en el entretenimiento encuentran la paz, aunque sea fugaz." El poder, sabiendo esto, ha hecho del ocio una religión silenciosa que los mantiene ocupados, dispersos y lejanos de toda protesta verdadera.

No son pocos los que reciben las migajas que el poder reparte, con bonos y ayudas que apenas sostienen, pero que amarran, que condicionan y crean dependencia. "El que toma del poder, teme al poder," profetizan algunos. Así, en la tierra de la subsistencia, los hombres se conforman, agradeciendo las migajas como si fueran banquetes, sin levantar la vista para ver que lo que les fue dado apenas les mantiene, pero sí les ata.

Muchos, aún atrapados en las cadenas del ideal que una vez les prometió grandeza, permanecen fieles a esos sueños distorsionados, defendiendo una causa que ya no tiene rostro ni razón. "Quien defiende al lobo," murmuran algunos, "termina siendo devorado." Pero el poder, con su discurso de enemigos imaginarios y su retórica de libertad, ha sembrado en los corazones de los suyos una lealtad ciega, y así asegura su trono sobre los ignorantes.

Y está el temor, como un gigante que ahoga, vigilante en cada esquina y cada calle, custodiando los pasos de aquellos que todavía guardan en su pecho la chispa de la rebelión. "Quien se levanta contra la bestia," dicen los ancianos, "pierde mucho más de lo que gana." Así, el miedo a la represión mantiene a los hombres en silencio, sumidos en la resignación de una vida que ya no les pertenece.

Otros, cansados de luchar, han perdido la esperanza, pues no encuentran líderes que puedan inspirar un cambio ni caminos que les lleven a la libertad. "En el desierto de las ilusiones," murmuran, "la desesperanza es el veneno que apaga el fuego de la revolución." Y así, mientras la desconfianza y la falta de alternativas florecen, el poder se mantiene, como el árbol que no cede ante la tempestad.

Divididos en facciones y grupos que desconfían unos de otros, el pueblo se vuelve contra sí mismo, incapaz de encontrar la unión que el poder teme. "La discordia," dirán los que ven desde la distancia, "es el arma que usa el déspota para que los hombres nunca se levanten como uno solo." En esta tierra dividida, cada cual mira por su causa, y así, el poder se mantiene, incólume ante la debilidad de la desunión.

Y finalmente, en el corazón de aquellos que una vez soñaron, se ha asentado la normalización de la crisis, el desgaste de los años que vuelven cotidiana la tragedia. "En el cansancio del hombre yace la permanencia del tirano," profetizan los sabios, pues saben que cuando el hombre se habitúa a la desgracia, olvida su derecho a la justicia. Así, en la tierra de la resignación, el poder permanece, alimentado por el silencio de los acostumbrados.

Hasta que un día, dicen los profetas, la ignorancia se desvanezca y los hombres puedan ver con claridad el yugo que les ata. Pero, hasta entonces, mientras los ojos permanezcan velados y la distracción continúe, la caída del poder no será más que una ilusión lejana.

La historia se repitió, y seguirá repitiéndose lamentablemente.

Alejandro Díaz

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